Por qué premiar y castigar a los niños no funciona como creemos

premiar y castigar a los niños

Durante décadas, el sistema educativo y las dinámicas familiares se han apoyado en una idea aparentemente lógica: si premiamos las conductas “buenas” y castigamos las “malas”, el aprendizaje se refuerza. Sin embargo, la psicología educativa lleva años señalando que premiar y castigar a los niños no funciona para el aprendizaje, al menos no a largo plazo.

 

Premiar y castigar a los niños: motivación intrínseca y extrínseca

Para entender por qué los premios y los castigos fallan hay que distinguir entre:

  • Motivación intrínseca: surge cuando la actividad en sí misma resulta interesante, placentera o significativa.
  • Motivación extrínseca: aparece cuando una persona realiza una actividad para obtener algo externo como una nota, un premio, evitar un castigo o recibir aprobación.

El problema es que el aprendizaje profundo y duradero depende casi exclusivamente de la motivación intrínseca, por lo que cuando un estudiante aprende solo para aprobar un examen o evitar una riña, su cerebro cumple con el objetivo inmediato pero no comprende, integra ni transfiere conocimientos.

 

El efecto paradójico de los premios

Uno de los hallazgos más conocidos en psicología es el efecto de sobrejustificación. Ocurre cuando una recompensa externa disminuye el interés interno por una actividad que antes resultaba atractiva.

Por ejemplo, si un niño o una niña disfrutan leyendo y empezamos a premiarlos con puntos o regalos cada vez que leen, su cerebro aprende una nueva asociación: “leo para obtener algo”. Cuando el premio desaparece, el interés por la lectura también lo hace. La actividad deja de tener valor propio.

Esto no significa que los premios sean siempre negativos, sino que utilizarlos como motor principal del aprendizaje debilita la autonomía y la curiosidad, que son fundamentales para el desarrollo cognitivo.

 

Los castigos no son aprendizaje, son control del comportamiento

Los castigos pueden ser eficaces para frenar una conducta a corto plazo, pero no enseñan qué hacerlo, solo qué evitar. Además, activan respuestas emocionales como el miedo, la ansiedad o el bloqueo, que interfieren directamente con los procesos de aprendizaje.

Desde la neuropsicología, cuando una persona se siente amenazada o constantemente evaluada, el cerebro prioriza la supervivencia emocional frente a la exploración y la comprensión. En ese estado, es posible memorizar, pero aprender en profundidad no.

A largo plazo, los castigos fomentan:

  • Evitación del error
  • Miedo a participar
  • Dependencia de la autoridad
  • Falta de iniciativa

 

El error también tiene un papel en el aprendizaje

Es uno de los grandes olvidados en los sistemas basados en premiar y castigar a los niños y niñas, pero el error es fundamental. Equivocarse es una parte esencial del aprendizaje: permite ajustar hipótesis, reforzar conexiones neuronales y desarrollar el pensamiento crítico.

Cuando penalizamos el error, los estudiantes aprenden a repetir fórmulas seguras, a buscar la respuesta correcta, no a comprender. El resultado es un aprendizaje frágil, dependiente y poco transferible a situaciones nuevas.

 

Entonces, si no premiamos ni castigamos, ¿qué debemos hacer?

La investigación psicológica educativa señala varios factores mucho más eficaces que los premios y los castigos como por ejemplo:

  • Autonomía: sentir que se tiene cierto control sobre cómo y qué se aprende aumenta el compromiso.
  • Sentido: comprender para qué sirve lo que se aprende y cómo se relaciona con la realidad potencia el aprendizaje.
  • Competencia: es importante percibir un progreso real, no solo calificaciones.
  • Relación: aprender en un entorno donde el error no se vive como una amenaza permite aprender en profundidad.

Cuando estos aspectos están presentes, la motivación intrínseca aparece de forma natural.

 

Démosle una vuelta a la evaluación y el refuerzo

Con esto no estamos diciendo que haya que eliminar toda forma de evaluación o refuerzo, lo importante es replantear su función. Evaluar no debería premiar y castigar a los niños, sino ofrecerles información útil para mejorar. El refuerzo no puede centrarse en el resultado, tiene que hacerlo en el proceso: el esfuerzo, la estrategia, la constancia.

Decir “haz sacado un diez” no tiene el mismo efecto que “he visto cómo has cambiado tu forma de resolver este problema y ha funcionado”. En el segundo caso, el aprendizaje se vuelve consciente y transferible.

Los premios y los castigos son soluciones superficiales en un proceso mucho más complejo. El aprendizaje de verdad no nace del control externo, sino de la curiosidad, el sentido y la seguridad emocional. Educar no es dirigir conductas, es crear las condiciones ideales para que aprender tenga sentido por sí mismo. Eso es lo que realmente funciona.