Saber qué hacer y no hacerlo: ¿por qué pasa?

saber qué hacer y no hacerlo

Todos hemos tenido alguna vez una de esas situaciones en las que sabemos perfectamente qué deberíamos hacer y, aun así, hacemos exactamente lo contrario. Sabemos que deberíamos salir a caminar, pero seguimos sentados. Sabemos que tenemos que terminar ese informe, pero de repente limpiar el escritorio parece una tarea urgentísima. El problema de saber qué hacer y no hacerlo no suele deberse simplemente a falta de conocimiento. Entre saber cuál sería la mejor opción y llevarla a cabo existe un territorio bastante más complicado: emociones, motivación, hábitos, recompensas inmediatas y capacidad para regular nuestra conducta.

Además, nuestro cerebro no siempre busca la opción que más nos beneficia a largo plazo. Con frecuencia intenta reducir el esfuerzo o conseguir una recompensa rápida. Por eso podemos decidir por la mañana que esa noche estudiaremos durante dos horas y, cuando llega el momento, terminar viendo vídeos durante cuarenta minutos. La intención era real. El problema aparece en el momento de convertirla en conducta. De hecho, la investigación sobre la denominada «brecha intención-conducta» ha mostrado que tener una intención favorable no garantiza que esa conducta llegue a producirse.

Esta contradicción tampoco significa necesariamente que seamos vagos, irresponsables o que nos falte fuerza de voluntad. Pensemos, por ejemplo, en alguien que quiere ahorrar dinero. Puede saber perfectamente que debería reducir las compras impulsivas y, sin embargo, aprovechar una oferta que aparece en su teléfono. La recompensa es inmediata; el beneficio de ahorrar, futuro. En situaciones así, tomar decisiones que no nos convienen puede ser consecuencia de un conflicto entre objetivos que compiten en el mismo momento.

Saber qué hacer y no hacerlo: dónde está el problema

Una de las claves está en distinguir entre intención y acción. Decidir «mañana empezaré a correr» es relativamente sencillo porque no exige realizar ningún esfuerzo en ese instante. Salir de casa a las siete de la mañana es otra historia. En ese momento aparecen el cansancio, el frío, la comodidad de la cama y una alternativa tremendamente atractiva: seguir durmiendo.

Por tanto, la motivación tampoco permanece constante. Puede ser muy elevada cuando imaginamos los beneficios de una decisión y desaparecer cuando llega el momento de ejecutarla. Además, los hábitos tienen un peso considerable. Si durante meses hemos llegado a casa y hemos encendido automáticamente la televisión, cambiar esa secuencia requiere atención y esfuerzo.

Cuando la recompensa inmediata gana la partida

El cerebro humano tiene una tendencia conocida como descuento temporal: una recompensa disponible ahora suele resultar psicológicamente más atractiva que otra mayor pero distante. Es fácil entenderlo con un ejemplo. Imagina que puedes recibir 20 euros hoy o 25 dentro de un mes. Aunque la segunda cantidad sea superior, la primera puede resultar más tentadora porque no exige esperar.

Ese mecanismo ayuda a explicar por qué determinadas conductas perjudiciales resultan tan difíciles de modificar. Fumar puede proporcionar una recompensa inmediata; los beneficios de dejarlo se distribuyen en el tiempo. Comer un alimento muy apetecible ofrece placer ahora; mejorar ciertos hábitos alimentarios tiene beneficios acumulativos. Del mismo modo, mirar el móvil durante cinco minutos ofrece entretenimiento inmediato, mientras que estudiar puede tener una recompensa que llegará semanas o meses después.

Por eso, una estrategia eficaz consiste en reducir la distancia entre la decisión y la acción. En lugar de formular objetivos abstractos, resulta más útil convertirlos en comportamientos concretos. «Quiero hacer más ejercicio» es una intención. «El lunes, miércoles y viernes caminaré 30 minutos después de comer» es un plan mucho más específico.

  • No confundas conocimiento con preparación: saber que algo te conviene no significa que tengas preparado el comportamiento necesario para hacerlo. Una persona puede conocer perfectamente los beneficios del ejercicio y seguir sin practicarlo. El conocimiento es el punto de partida, no la acción.
  • Busca qué ocurre justo antes de abandonar: si siempre pospones una tarea cuando aparece el cansancio, quizá el problema no sea la tarea en sí. Por ejemplo, estudiar después de una jornada laboral puede ser mucho más difícil que hacerlo por la mañana. Identificar el momento crítico permite modificar el contexto.
  • Haz que la conducta sea concreta: «Leer más» es demasiado ambiguo. «Leer diez páginas antes de dormir» permite saber exactamente cuándo empieza y cuándo termina la acción. Cuanto menos haya que decidir en ese momento, mejor.
  • Reduce la fricción: si quieres correr por la mañana, dejar las zapatillas y la ropa preparadas la noche anterior elimina pequeñas decisiones. Parece una tontería, pero precisamente las pequeñas barreras pueden ser suficientes para que una intención se quede en el sofá.
  • No dependas únicamente de la fuerza de voluntad: diseñar el entorno suele ser más eficaz que confiar constantemente en ella. Si quieres estudiar, dejar el teléfono fuera de la habitación puede resultar más útil que prometerte que no lo mirarás.
  • Introduce recompensas cercanas: dividir una tarea grande en partes pequeñas permite obtener sensación de progreso antes de alcanzar el objetivo final. Terminar 20 minutos de trabajo puede ser psicológicamente más manejable que pensar en las tres horas que quedan por delante.
  • Acepta que habrá contradicciones: tener una buena intención y no cumplirla alguna vez no demuestra que esa intención fuera falsa. Los seres humanos somos sensibles al contexto. Dormir mal, estar estresado o encontrarse ante una recompensa inmediata puede cambiar considerablemente nuestra conducta.

En definitiva, saber qué hacer y no hacerlo no es una paradoja inexplicable ni una prueba automática de falta de disciplina. Muchas veces refleja un conflicto entre lo que queremos conseguir a largo plazo y aquello que nuestro cerebro considera atractivo, fácil o gratificante en el presente. La solución, por tanto, no consiste únicamente en repetirnos que deberíamos tener más fuerza de voluntad. Consiste en comprender qué nos frena y diseñar situaciones en las que actuar resulte más sencillo que posponer. Ahí está la diferencia entre saber qué hacer y no hacerlo y convertir realmente una buena intención en una conducta.